Manual práctico de coherencia selectiva en tiempos de explosiones
En un giro argumental que ni los guionistas de Black Mirror se habrían atrevido a escribir por parecer demasiado inverosímil, parte de la izquierda ha descubierto esta semana que las bombas, en efecto, no le gustan. O, mejor dicho, que no le gustan dependiendo de quién las lance, contra quién y con qué etiqueta geopolítica venga el proyectil.
Durante años, la consigna fue clara: las bombas son malas. Todas. Siempre. Bajo cualquier circunstancia. Un principio moral tan rotundo que cabía en una pancarta y en un tuit. Pero la realidad internacional, empeñada en ser compleja, ha obligado a matizar. Porque no es lo mismo una bomba “imperialista” que una bomba “defensiva”, una “intervención humanitaria” que una “operación especial”, ni un misil “de agresión” que uno “de resistencia”.
En el laboratorio ideológico donde antes se citaba a Karl Marx y a Noam Chomsky con fervor casi litúrgico, ahora se practica una gimnasia dialéctica digna de medalla olímpica. Si la bomba la lanza Occidente, es barbarie. Si la lanza el adversario de Occidente, es contexto. Si la lanza un aliado incómodo, es geoestrategia. Y si la lanza un enemigo del enemigo, es resistencia popular con efectos secundarios.
Los comunicados oficiales se han sofisticado. Donde antes había condenas rotundas, ahora hay condenas “matizadas”. Donde antes se hablaba de “crímenes de guerra”, ahora se prefiere el más elástico “escalada preocupante”. El diccionario moral ha incorporado cláusulas, notas al pie y excepciones cuidadosamente calibradas.
En los platós de televisión, el debate ya no gira en torno a si está bien o mal bombardear, sino a si el bombardeo es estructuralmente comprensible. Porque, como todo el mundo sabe, una explosión con raíces históricas suena menos fuerte.
La izquierda que marchaba unida bajo el “No a la guerra” ha descubierto que el eslogan necesita asterisco. No a la guerra (salvo que la guerra la esté librando alguien cuya causa consideramos legítima). La pancarta, por desgracia, no tenía espacio para tanta precisión.
Mientras tanto, las víctimas siguen teniendo la mala costumbre de no preguntar por la filiación ideológica del artefacto antes de sufrir sus consecuencias. Una bomba, al parecer, no distingue entre discursos, pero los discursos sí distinguen entre bombas.
Quizá el verdadero hallazgo no sea que las bombas no gustan, sino que la coherencia, como la pólvora, es un recurso limitado. Y en política internacional, a veces, parece racionarse con más celo que los principios.
Porque al final, lo que molesta no siempre es la explosión. A veces, lo verdaderamente insoportable es quién sostiene el mando a distancia.
Ángel (Miche)