En ocasiones, la política española parece empeñada en competir consigo misma para ver quién protagoniza la situación más difícil de explicar. El último episodio gira en torno a la insistencia del Ministerio del Interior en mantener bajo el paraguas del secreto determinados aspectos relacionados con la escolta de Santaolalla, una decisión que sigue generando preguntas y controversia.
La paradoja resulta llamativa. Mientras la opinión pública reclama transparencia sobre el uso de recursos públicos, la respuesta oficial continúa siendo el silencio administrativo elevado a categoría de arte. Cuanto más se pregunta, más espeso parece hacerse el misterio.
Las críticas se han intensificado especialmente después de que trascendieran informaciones y resoluciones que cuestionan versiones previamente difundidas sobre una supuesta agresión. Para muchos observadores, lejos de aclarar las dudas existentes, la estrategia de blindar información ha contribuido a alimentar nuevas sospechas y a multiplicar las incógnitas.
Porque cuando una historia presenta grietas, la reacción natural de cualquier democracia madura debería ser aportar explicaciones. Sin embargo, la impresión que recibe parte de la ciudadanía es justamente la contraria: que el secreto se ha convertido en un fin en sí mismo.
Resulta difícil no preguntarse qué daño podría causar una explicación clara y completa de los hechos. Si todo se hizo correctamente, la transparencia debería ser la mejor aliada de quienes tomaron las decisiones. Si existen errores, reconocerlos suele fortalecer más la confianza pública que intentar ocultarlos tras capas de opacidad.
Mientras tanto, el ciudadano asiste al espectáculo desde la grada. Observa cómo se invocan razones de seguridad, confidencialidad o interés general, mientras las preguntas básicas continúan sin respuesta. Y cuando las explicaciones escasean, la imaginación ocupa inevitablemente el espacio vacío.
Quizá el verdadero secreto de Estado no sea la escolta en cuestión, sino la extraordinaria capacidad de algunas instituciones para convertir asuntos que podrían resolverse con unas pocas explicaciones en enigmas dignos de una novela de suspense.
Ángel (Miche)