El perfume envenenado del feminismo actual

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En algún momento del camino —nadie sabe exactamente cuándo— el feminismo dejó de ser un movimiento político para convertirse en una especie de franquicia ideológica. Como las cafeterías de aeropuerto: reconocible, repetitiva y, sobre todo, perfectamente empaquetada para el consumo rápido. El cartel luminoso dice “igualdad”, pero al entrar uno descubre que el menú ha cambiado bastante.

El feminismo histórico tenía objetivos claros: derechos civiles, acceso a la educación, igualdad ante la ley, autonomía económica. Cosas concretas, medibles, discutibles. Hoy, en cambio, una parte muy ruidosa del llamado feminismo contemporáneo parece haber sustituido esas metas por algo mucho más rentable: la indignación permanente.

Porque si el problema se resolviera de verdad, ¿qué haríamos con toda la maquinaria?

El nuevo feminismo —o lo que algunos llaman ya falso feminismo— funciona bajo una lógica sencilla: el conflicto debe mantenerse vivo, aunque haya que inflarlo como un flotador en agosto. Si la realidad no produce suficientes agravios, siempre se puede reinterpretar algún gesto cotidiano como prueba irrefutable de una opresión estructural milenaria.

Un anuncio de perfume, una broma torpe, una escena de una serie de televisión… todo puede convertirse en el último bastión del patriarcado si se analiza con suficiente solemnidad.

Mientras tanto, la paradoja es cada vez más evidente. En muchas sociedades occidentales las mujeres superan a los hombres en estudios universitarios, acceden a profesiones históricamente masculinas y ocupan posiciones de liderazgo en política, ciencia o cultura. Pero según el relato oficial, seguimos viviendo prácticamente en una versión actualizada del siglo XIX.

Es como si alguien mirara un avión cruzando el Atlántico y dijera: “Claramente estamos en plena crisis de la navegación marítima”.

La clave del falso feminismo no está en la igualdad —esa ya nadie serio la discute— sino en la identidad política perpetua. Se trata de mantener una narrativa en la que las mujeres aparecen siempre como colectivo homogéneo de víctimas y los hombres como categoría sospechosa por defecto. Un esquema simple, cómodo y extraordinariamente eficaz para producir titulares, subvenciones y debates interminables en redes sociales.

El problema de esa simplificación es que la realidad es bastante más incómoda. Las desigualdades modernas no se explican únicamente por el género: intervienen factores económicos, educativos, culturales y familiares mucho más complejos. Pero esos análisis no caben bien en una pancarta de manifestación ni en un hilo viral de internet.

Por eso el falso feminismo prefiere el eslogan a la estadística y el gesto simbólico a la reforma concreta. Es mucho más fácil cambiar palabras en un documento que cambiar estructuras en la sociedad.

Mientras tanto, el feminismo que realmente transformó la historia —el de las sufragistas, las reformadoras legales, las pioneras educativas— queda curiosamente relegado a los libros. Era un feminismo incómodo, pragmático y lleno de matices. Justo lo contrario de los dogmas identitarios que hoy circulan con la seguridad moral de quien cree haber descubierto la verdad definitiva.

Quizá el mayor daño del falso feminismo no sea su radicalidad, sino su superficialidad. Porque al convertir una causa histórica compleja en una consigna automática, termina debilitando aquello que dice defender.

Y así, entre hashtags, manifiestos y debates televisivos perfectamente coreografiados, el feminismo corre el riesgo de convertirse en algo que nunca fue: una caricatura de sí mismo.

Paradójicamente, quienes más deberían preocuparse por eso son quienes aseguran defenderlo con mayor entusiasmo.

Ángel (Miche)

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