Durante décadas, el manual oficial ha sido claro: si Cuba está en ruinas, la culpa es del “bloqueo” de Estados Unidos. Un bloqueo tan eficaz que permite que lleguen turistas canadienses, remesas desde Miami y hasta Coca-Cola (eso sí, disfrazada con otra etiqueta). Pero, curiosamente, no impide que la élite comunista viva con más comodidades que un jeque en Dubái.
El relato es impecable: el pueblo cubano sufre porque el imperio lo asfixia. Punto. Todo lo demás es “propaganda capitalista”. Así, el Gobierno puede seguir vendiendo la imagen de trinchera heroica mientras sus jerarcas disfrutan de mansiones, coches modernos y menús que no incluyen la libreta de racionamiento. Porque, claro, los sacrificios son para el pueblo, no para el Comité Central.
La isla no está bloqueada: está secuestrada. No por Washington, sino por una clase dirigente que convirtió la revolución en un negocio privado. Ellos controlan el comercio exterior, la moneda, las empresas y, por supuesto, la verdad oficial. En la Cuba real, el ciudadano de a pie hace colas infinitas para conseguir pollo, mientras la élite organiza cenas privadas con langosta y whisky importado “por canales especiales”.
Eso sí, siempre hay tiempo para las consignas: “¡Patria o muerte!”, “¡Venceremos!”, “¡Socialismo o barbarie!”. Y uno, viendo la realidad, se pregunta si esas frases son eslóganes… o spoilers.
El embargo estadounidense, con todos sus efectos reales y discutibles, es la excusa perfecta. Porque si mañana se levantara, la culpa de la escasez, la corrupción y la represión seguiría cayendo en algún otro enemigo externo. Lo que no cambia es la impunidad de una élite que vive desconectada del país que dice defender.
La diferencia es que el cubano de a pie ya no se traga el cuento entero. Lo dice bajito, claro, porque en la isla el silencio no es prudencia: es supervivencia. Y es que en Cuba, el verdadero muro no es el que levanta Estados Unidos, sino el que construyó su propio Gobierno para separar al pueblo de la prosperidad… y a la élite de la rendición de cuentas.
Pero tranquilos: mientras haya discursos encendidos, banderas ondeando y culpas que echar al “enemigo”, la revolución seguirá viva. Aunque el país esté muerto.
Cuba no está bloqueada por EE. UU. Está saqueada por su propia élite.
El embargo es la excusa; la miseria, el resultado; y la langosta en la mesa del Partido comunista, la prueba.
En la isla, la revolución sigue viva… pero solo en los menús privados de los que mandan.
Dicen “Patria o muerte” y cumplen: la patria muere, ellos viven.
Por: Ángel (Miche)