Cuando informar se convierte en “provocar”: periodistas bajo amenaza en la marcha del 8M

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La jornada del Día Internacional de la Mujer volvió a llenar las calles de Madrid con consignas, pancartas y reivindicaciones. Miles de personas participaron en la manifestación feminista del 8M, una cita anual que defiende, entre otros principios, la igualdad, la libertad y el respeto. Todo muy coherente… salvo cuando aparecen periodistas con una cámara o una libreta.

Porque este año, algunos profesionales de la información descubrieron que ejercer su trabajo podía interpretarse como una provocación intolerable. Durante la marcha, varios reporteros denunciaron insultos, hostigamiento e incluso amenazas mientras trataban de cubrir la movilización. Al parecer, informar sobre la manifestación era, para algunos manifestantes, una actividad sospechosa que merecía reproche inmediato.

El episodio dejó una escena difícil de ignorar: una protesta que reclama derechos y libertades mientras parte de sus participantes decide que la libertad de prensa es negociable, especialmente si el medio no resulta del agrado ideológico del momento. Una especie de versión contemporánea del “puedes hablar… siempre que digas lo que me gusta escuchar”.

Las marchas del 8M en la capital, como viene siendo habitual en los últimos años, volvieron a mostrar la división del movimiento feminista con distintas convocatorias y discursos. Pero hubo algo que pareció unir a algunos asistentes: la sospecha automática hacia determinados medios de comunicación, considerados poco menos que intrusos en un acto público celebrado, conviene recordarlo, en plena vía pública.

Mientras tanto, los periodistas hicieron lo que suelen hacer en estos casos: seguir trabajando, tomar nota de lo ocurrido y contar lo que veían. Una costumbre un tanto obstinada que consiste, básicamente, en informar incluso cuando hacerlo incomoda a alguien.

Quizá sea una idea extravagante, pero en una democracia madura la presencia de la prensa en manifestaciones no debería ser motivo de tensión, sino algo tan normal como las pancartas o los megáfonos. Aunque, visto lo ocurrido en algunos momentos de la jornada, parece que todavía hay quien prefiere un feminismo muy plural… siempre que la pluralidad no incluya preguntas incómodas.

Al final, la marcha terminó como suelen terminar estas cosas: con miles de personas regresando a casa y con varios periodistas llevándose una historia más que contar. Una historia curiosa, por cierto: la de una manifestación que pedía más derechos mientras algunos de sus participantes parecían bastante ocupados intentando recortar uno muy básico: el de informar.

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