Decir adiós a la Feria de Muestras de Villena debería hacer sonar todas las alarmas. Lo que se esfuma no es solo un evento: es un síntoma de gestión corta de miras y falta de visión estratégica. Durante años, la feria fue un escaparate para empresas, artesanos y comerciantes locales, un punto de encuentro que proyectaba Villena más allá de sus fronteras. Ahora, desaparece sin plan B ni alternativas reales.
La ciudad pierde visibilidad, oportunidades de negocio y, lo más grave, un espacio que generaba vida económica y cultural. No se trata de nostalgia: se trata de constatar que, cuando se descuida lo que funciona, el daño económico y social es tangible. Cada pabellón vacío, cada stand que no se monta, es un recordatorio de que Villena podría haber apostado por mantener y modernizar la feria, y no lo hizo.
El cierre definitivo es un toque de atención para autoridades y responsables locales: los ciudadanos esperan políticas proactivas, no excusas ni retrasos. Villena necesita eventos que conecten a su comunidad y la proyecten hacia fuera, y la desaparición de la feria evidencia que aún falta ambición y planificación.
Que este adiós sirva para despertar a quienes toman decisiones: reinventar Villena es urgente, y hacerlo sin espacios de encuentro y promoción económica es condenarse a perder cada año más oportunidades. La Feria de Muestras se va, pero la ciudad no puede permitirse que se lleve también su futuro.