La derrota del miedo sanchista: Pedro Sánchez ya no da miedo, sino pena

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Hubo un tiempo en el que el llamado «sanchismo» parecía una maquinaria perfectamente engrasada. Cualquier crítica era respondida con un ejército de argumentarios, las comparecencias presidenciales se anunciaban como si fueran estrenos de una superproducción y cada decisión se envolvía en una épica que pretendía convencer de que el país estaba asistiendo a una lección magistral de estrategia política.

Pero el tiempo, ese enemigo que no entiende de marketing, tiene la fea costumbre de desgastar hasta las narrativas más resistentes.

Hoy, el miedo ha dejado paso a otro sentimiento mucho menos útil para quien gobierna: la lástima política. Porque un dirigente puede sobrevivir al rechazo, incluso al enfado, pero resulta mucho más complicado gobernar cuando lo que despierta es la sensación de agotamiento.

Cada intervención parece una secuela de una película que nadie había pedido. Cada explicación requiere otra explicación, que a su vez necesita una rectificación, seguida de una aclaración sobre la rectificación. Si la política fuera una serie de televisión, los espectadores ya estarían preguntando cuándo termina la temporada.

Durante años, la estrategia consistió en presentarse como el único dique frente al caos. El mensaje era sencillo: sin Pedro Sánchez, el apocalipsis. Sin embargo, cuando el argumento se repite demasiadas veces, acaba perdiendo eficacia. Es como el vecino que anuncia una tormenta todos los días; llega un momento en que, aunque caigan cuatro gotas, nadie sale corriendo a guardar la ropa.

La ironía es que el mayor adversario del presidente ya no parece estar sentado en los escaños de la oposición, sino en el espejo. El personaje construido para transmitir fortaleza comienza a parecer un actor empeñado en interpretar el mismo papel cuando el público ya conoce todos los diálogos.

Mientras tanto, los ciudadanos continúan con preocupaciones bastante más terrenales: la cesta de la compra, la vivienda, los impuestos o la sanidad. Es difícil mantener el suspense político cuando el recibo del supermercado tiene más giros de guion que un debate parlamentario.

Quizá ese sea el verdadero cambio de ciclo. No tanto que desaparezca el apoyo o aumente la crítica, sino que se esfume la capacidad de sorprender. En política, el miedo moviliza, la esperanza ilusiona y el entusiasmo contagia. La indiferencia, en cambio, es un silencio incómodo. Y la pena política es, probablemente, el peor escenario para quien aspira a seguir liderando.

Como toda sátira, esta reflexión exagera rasgos y situaciones para provocar una sonrisa y alimentar el debate. Porque la democracia también consiste en poder observar a quienes ejercen el poder con sentido crítico… y, de vez en cuando, con una buena dosis de ironía.

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