La ciencia española acaba de dar un paso de gigante. Después de años de debates, manifiestos, tertulias y sesudos análisis sobre la okupación, alguien ha tenido la brillante idea de pasar de la teoría a la práctica.
El experimento era impecable: okupar una tienda en plena Puerta del Sol y comprobar qué sucede cuando uno se convierte, por unas horas, en aquello que normalmente aparece en los discursos de los demás.
La respuesta llegó con una rapidez admirable.
Desahuciado.
No hubo tiempo para redactar un manifiesto de 47 páginas, organizar una mesa redonda sobre las causas estructurales de la okupación ni explicar que la propiedad privada es un concepto complejo. El experimento encontró una variable que los investigadores no habían previsto: a los manifestantes tampoco les gustaba tener un okupa delante.
Y aquí aparece la gran aportación científica del caso. Porque una cosa es defender la okupación como concepto sociopolítico y otra muy distinta es que aparezca un individuo, mire una tienda y diga:
—Perfecto. Pues esta me la quedo.
La teoría, de repente, empezó a presentar pequeñas fisuras.
Es lo que los expertos denominan principio de la okupación ajena: la okupación siempre resulta mucho más revolucionaria cuando la propiedad okupada no es la que uno tiene delante.
El episodio permite incluso formular una nueva escala de tolerancia ideológica:
Okupación en abstracto: perfectamente debatible.
Okupación de la propiedad de otro: asunto social complejo.
Okupación de la propiedad de alguien cercano: quizá habría que analizar el contexto.
Okupación de la tienda que está en medio de mi manifestación: ¡LLAMEN A ALGUIEN!
La escena tiene la elegancia de una comedia del absurdo. Los defensores de una determinada concepción de la okupación descubriendo, mediante demostración empírica, que existen límites. No necesariamente límites jurídicos, filosóficos o morales. Simplemente límites de paciencia.
Es como montar una conferencia sobre la libertad de expresión y suspenderla porque alguien ha empezado a hablar.
O celebrar un simposio sobre tolerancia y echar al ponente porque resulta intolerable.
O inaugurar un congreso sobre puertas abiertas y comprobar que, bueno, tampoco todas.
Lo mejor del asunto es que el experimento no necesitó una conclusión académica. La conclusión estaba esperando en la puerta:
“Okupa tú, pero no aquí.”
Quizá haya que agradecer al protagonista de esta pequeña tragedia inmobiliaria su contribución al conocimiento. Ha demostrado en tiempo récord que hay conceptos que funcionan extraordinariamente bien mientras permanecen en el terreno de la pancarta.
Porque cuando una idea abandona la pancarta y entra físicamente en una tienda, ocurren cosas sorprendentes.
Por ejemplo, que alguien quiera echarla.
Y así termina el experimento de Sol: con el investigador fuera de su objeto de estudio y una valiosa lección para la sociología contemporánea.
La okupación puede ser revolución, protesta, necesidad, estrategia o lo que cada cual quiera defender.
Pero parece que existe una categoría adicional todavía poco estudiada:
la okupación que mola muchísimo hasta que te toca a ti.
La ciencia, una vez más, avanza a base de golpes de realidad.
Ángel (Miche)